jueves, 4 de marzo de 2010

empatía

Descubrir la hormiguita colorada sobre el empeine del pie y empujarla con el dedo, tratando de que se baje, empujarla con más fuerza y con desmedida torpeza a causa del temor a su picadura y comprobar con horror que el golpe fue demasiado; la hormiguita camina perdida, como saltando, y finalmente se baja pero ahora todo su organismo sucumbe, las patas replegándose como plástico incendiado, toda la hormiguita colorada girado, plegándose sobre sí misma hasta hacerse aún más pequeña, hasta hacerse una bolita roja, ínfima e inerte; repitiéndose en mí el colapso del sistema, incluso sin saber -porque nadie lo sabrá nunca- cómo fueron apagándose cada uno de los órganos hasta convertirse aquella hormiga colorada en un punto indiscriminable del suelo yo sentí aquel organismo flaquear y desmoronarse, el tiempo en la hormiga y en mí es un tiempo distinto. La muerte será en mí inevitablemente más larga, yo entiendo la diferencia entre lo vivo y lo muerto, yo comprendo la responsabilidad y la inocencia, yo tengo recuerdo y por suerte, también, el artilugio del olvido. Si no lo tuviera, mi locura sería el inventario de todas estas pequeñas huellas en la conciencia.