viernes, 19 de febrero de 2010

scorpio

Mientras dormía, la puerta se abría o parecía abrirse, y también mis ojos, al punto de no saber si estaba o no despierta. El ventilador hacía el mismo ruidito acompasado que las uñas del perro sobre el piso de la escalera. No sabía si la puerta estaba abierta, si el perro estaba adentro, si lo que estaba adentro era un perro u otra cosa, una criatura nocturna y amorfa o la noción visceral del miedo.
Justo en el momento en el que el perro lamía mi mano -inexplicablemente al borde de la cama, fuera de la cama, aunque yo estaba del lado opuesto-, P. se despertó sobresaltado, con un grito breve y gutural, como en las películas. Tardé en darme vuelta, ahora sabía que estaba despierta, y también sabía que tenía miedo. Lo ví inclinado con la mirada atenta y pensé que él también lo había visto. No llegué a entender lo que me decía; sólo atiné a comprobar que no había nada en la habitación y me volví a dormir.
Más tarde, ya inmersos en el día los dos, me dijo que había soñado con un escorpión mental.